En Plano Sonoro conversamos con el cineasta Tomás Alzamora sobre la relevancia del orgullo local y la trastienda del rodaje de la película que dejó por lo alto a San Carlos.
Por Paula Feest
La disputa por la identidad local de la longaniza reunió a más de 100 mil espectadores en salas de cine. Denominación de origen, la más reciente película de Tomás Alzamora, cautivó al público a tal punto que pronto dio el salto al streaming. Desde el 24 de julio y por solo 30 días, podrá verse en todo Chile y el mundo a través de la plataforma www.denominaciondeorigen.cl, sin necesidad de suscripción y con un arriendo único.
La historia de Denominación de origen se centra en San Carlos, donde un grupo de vecinos decide organizarse para recuperar la codiciada denominación de origen de la longaniza, que en 2018 fue otorgada a Chillán por el Instituto Nacional de Propiedad Industrial.
Lo que podría parecer solo una disputa gastronómica se transforma en un movimiento ciudadano lleno de humor, ingenio y solidaridad, donde los protagonistas luchan por preservar su identidad y orgullo local.
Rodada en formato de falso documental y con un elenco compuesto exclusivamente por actores naturales de la región, la película combina la frescura y cercanía de sus personajes con una historia que, aunque local, tiene resonancia universal.
A través de la rivalidad entre las longanizas de San Carlos y los embutidos de Chillán, el filme aborda cuestiones más amplias sobre pertenencia, patrimonio cultural y la manera en que pequeñas comunidades defienden lo suyo frente a la globalización y el individualismo.
Con una narrativa que mezcla comedia, emoción y crítica social, Denominación de origen no solo retrata un hecho real que movilizó a toda una localidad, sino que también ofrece una reflexión sobre cómo la identidad y las tradiciones pueden convertirse en motores de cohesión y resistencia.
La película invita al espectador a reír, emocionarse y, al mismo tiempo, cuestionarse sobre la importancia de la memoria, el territorio y la justicia cultural.
Su humor, frescura y cercanía con la audiencia la convirtieron en el estreno chileno más taquillero de la temporada. Con este hito como telón de fondo, En Plano Sonoro conversamos con su director, Tomás Alzamora, sobre la relevancia del orgullo local y la trastienda del rodaje.
- ¿Cómo surge la motivación para hacer Denominación de Origen?
«La película igual tiene un proceso largo. Creo que hablar de la longaniza es una marca de infancia de los sancarlinos; yo soy sancarlino. Desde muy pequeñito caminas por el centro y ves longanicerías artesanales, longanizas colgando. Te vas a un bautizo y hay choripanes, te vas a un cumpleaños, choripanes, primera comunión, choripanes, no sé, partido de fútbol, choripanes… Es imposible para un sancarlino arrancar de la longaniza.
Viene desde ahí, y después la idea surge de la gota que rebalsó el vaso cuando nos quitan el premio en la Fiesta de la Longaniza de Chillán. Al principio es chistoso: te quitan un premio y después te lo quitan nuevamente. Lo encontré cinematográfico para arrancar una película, pero después empiezas a profundizar y tiene un componente dramático de identidad y patrimonio: te quitan lo que es tuyo, y sobre todo lo poco y bueno que tenemos. Igual tenemos a Violeta Parra, Los Ángeles Negros, la longaniza, pero no contamos con atractivos turísticos como playas o ríos; entonces ahí tenemos algo patrimonial para destacarnos y nos lo quitan. Esa fue un poco la motivación y las ganas de contar esta película.
Después, la película se va cargando de identidad y patrimonio porque yo me tuve que ir de San Carlos para estudiar en la universidad, y cuando me fui vi San Carlos con otros ojos. Me di cuenta de que está lleno de riqueza: es cosa de ver a un caballero sentado en la plaza, viendo cómo pasan los autos con su rostro desgastado, vendiendo golosinas; se queda dormido en su puesto y nadie le roba. Hay algo ahí, lleno de colores, vestuarios que se me aparecen, un tipo con una chupalla pero con un polerón de Mickey… todo tan lleno de cine que yo digo: aquí hay demasiado y tengo que hacer películas acá. Lamentablemente, uno se da cuenta de las cosas que tiene cuando está lejos y no las tiene. Yo me re-enamoré de San Carlos, he hecho mis tres películas allá y sigo descubriendo gente e historias».

- ¿Cuál es la riqueza de San Carlos?
«El amor, la generosidad, la ingenuidad… hay gente noble. Hay una riqueza que no solo tiene San Carlos, sino también muchas provincias, donde el tiempo corre de otra manera y podemos preocuparnos del otro.
Allí se puede crear más, porque no hay muchos estímulos: no tenemos cines, ni malls, ni grandes opciones de entretenimiento. Como no hay tanto que hacer, la gente se dedica a crear. Hacen artesanías, pintan, cantan, escriben.
Podría entonces definir San Carlos como una tierra de creación, de amor, bondad y generosidad».
- ¿Cómo fue el proceso de casting?
«Las personas que participan en la película son todas de la zona y no son actores ni actrices profesionales.
Se hizo un casting masivo: llegaron unas 200 personas a la Casa de Violeta Parra durante tres días. Fue un proceso maravilloso. Ahí empezó a tomar una profundidad especial el proyecto, con una energía y una emocionalidad muy potente, porque mucha gente soñó con ese momento y nunca antes lo pudo lograr. De cierta manera, nosotros les pudimos dar esa oportunidad.
Me pasó que una señora llega y me dice: ‘Mi sueño fue ser actriz, pero me casé muy joven, mi marido no me dejó estudiar ni desarrollarme, y hoy me abandonó y se fue con otra persona. Vengo a cumplir mi sueño de ser actriz’. Cargar con esas emociones de gente real te hace cambiar tu perspectiva como director: te preocupas más, quieres más a tus personajes, quieres defenderlos y no reírte de ellos.
Cuando empiezas a escuchar estos relatos, la película empieza a adquirir otra fuerza, quizás no visible en la historia, pero sí en sus cimientos, y te hace asumir una responsabilidad distinta. Es un proceso social muy enriquecedor, y eso es lo que más me llena el alma».
- ¿Hay una autenticidad diferente al trabajar con actores autodidactas?
«Ellos, los personajes de la película, son irreproducibles; nadie podría interpretar de la misma manera sus tonos de voz y su dialecto. Son únicos. Tienen formas de decir las cosas que ni el mejor guionista podría escribir. Son solamente ellos, y creo que ahí hay un valor orgánico y genuino muy rico, casi artesanal.
«Cada vez que tengo la oportunidad de trabajar con no-actores me enamoro más de eso. Si mi guion está en un 50%, ellos lo llevan al 100% con sus ideas. Yo creo mucho en la colaboración, en lo colectivo. Significa más creación, más potencial».

- ¿Cómo explicas el momento de la película en que la comunidad no puede ponerse de acuerdo para apelar por la denominación de origen de la longaniza de San Carlos?
«Ese momento es finalmente lo que somos. Para mí, eso es Chile, es nuestra sociedad. Es también una metáfora de lo que fue nuestro proceso constituyente, que a mí me marcó demasiado, porque no fuimos capaces de escucharnos ni de tolerarnos.
Yo soy de izquierda y represento al Apruebo, y he reflexionado que fuimos muy soberbios. Nos creímos dueños de la verdad, intelectual y moralmente superiores frente a quienes pensaban distinto, todo eso muy marcado por el individualismo.
Tampoco me gusta culparnos del todo, porque también somos víctimas de un sistema que lo único que hace es separarnos, preocuparnos de que nadie nos quite lo que tenemos o lo que hemos podido producir. Estamos pendientes de que nadie nos pase a llevar, de cuidar lo nuestro, pero no somos capaces de mirar al de al lado y ceder un poco para que el otro pueda estar mejor.
Finalmente, la película termina siendo eso: un espejo de lo que fuimos, de lo que somos y de hacia dónde seguimos yendo».
- ¿Y cómo se podría seguir sosteniendo el tejido social desde el arte y desde el cine?
«Creo que el mensaje es que debemos crear más instancias que nos junten, porque hoy estamos muy aislados. Vivimos en un sistema que te obliga a producir de manera desquiciada —si no produces, quedas fuera—, pero aun así deberíamos tratar de darnos un poco de tiempo para el otro.
Pasamos fácilmente dos o tres horas metidos en el celular; ¿qué pasaría si ese tiempo se lo dedicáramos a nuestra comunidad, a nuestro barrio, a nuestro edificio, al lugar donde vivimos? Estoy seguro de que eso nos haría mejor.
Y aunque tengamos muchas diferencias políticas, hay que escucharlas y tratar de llegar a acuerdos por un bien común. Incluso si nuestros sueños no se cumplen, hay que seguir intentando: es mejor seguir nadando en el río, aunque esté revuelto, que quedarse en la orilla viendo cómo todo sigue igual.
Nos pasó también con esta película. Ahora están los premios y la buena onda de la gente, pero muchas veces nos dijeron que no y nosotros seguimos».



Deja un comentario